lunes, febrero 12, 2018 |
KEANU REEVES
"Mucha gente me conoce, pero no conoce mi historia. 
A los 3 años de edad ví a mi padre partir y abandonarnos. Estuve en cuatro diferentes colegios y con problemas de dislexia (dificultad en la lectura que imposibilita su comprensión correcta), haciendo mi educación mucho más difícil de lo que es para los demás.
Eventualmente dejé la secundaria (bachillerato) sin graduarme, sin ganarme un diploma.
A la edad de 23 años, mi mejor amigo River Phoenix murió de sobredosis de drogas. En 1998 conocí a Jennifer Syme. Nos enamoramos locamente, y en 1999 Jennifer quedó embarazada con nuestra hija. Tristemente después de 8 meses de embarazo nuestra hija nació muerta. Estuvimos devastados por su muerte, lo que eventualmente hizo que terminara nuestra relación. 18 meses después Jennifer moriría en un accidente de auto.
Desde ése entonces trato de no involucrarme en relaciones serias o tener hijos. Mi hermana menor sufría de leucemia. Ahora ya está curada. He donado el 70% de todas mis ganancias que obtuve de la trilogía de la película Matrix, para hospitales que se especializan en el tratamiento de éste mal canceroso.
Soy uno o quizá la única estrella de Hollywood que no tiene mansión. No tengo guardaespaldas y no uso ropa fina. Y aunque valgo $100 millones de dólares, el dinero no lo es todo ni complementa la vida. Todavía me voy en el metro (tren subterráneo) y amo ése transporte!
Al final, yo creo que todos podemos estar de acuerdo que aún enfrentando tragedias, una persona puede salir adelante.
No importa lo que estés pasando en tu vida
Tú puedes superarlo! Vale la pena vivir"!!!
viernes, febrero 09, 2018 |
 

EL RENCOR 

El rencor es un sentimiento negativo y persistente que enferma el cuerpo, la mente y envenena el alma. 

Es importante comprender que todos los seres humanos estamos en constante riesgo de cometer errores, ya que toda decisión implica un riesgo, y si nunca tomamos decisiones, seremos como hojas que se lleva el viento, como estatuas inmóviles, sin vida. 

Son muy frecuentes las situaciones de hermanos que no se hablan durante muchos años, de amigos que se distancian para siempre, de padres e hijos que se alejan. Y lo más triste, es que estos distanciamientos a veces se originan por detalles de poca importancia, que con un poco de humildad y tolerancia, no ocurrirían, pero los humanos a veces somos demasiado sensitivos y nos dejamos llevar por un falso orgullo que nos impide perdonar. 

Es común oír una frase que deja al descubierto un sentimiento de rencor: “Yo perdono, pero no olvido”. No es posible perdonar y guardar en la memoria pensamientos dolorosos. No se debe perdonar a quien no reconoce sus errores. El mismo Jesucristo nos lo enseña cuando dice que para limpiar nuestros pecados y llegar a su reino, es requisito obligatorio el arrepentimiento. No se debe perdonar a quien nos causó un grave daño deliberadamente, buscándolo para que nos ocasione más dolor. Pero sí se puede ignorar el mal que nos hizo echándolo al cofre del olvido, para así arrancar de nuestra alma ese rencor que nos atormenta y nos enferma. 

Reconocer nuestros errores no es un signo de debilidad, es dignidad y valentía que nos permite limpiar nuestras conciencias. 

Como no todos los seres somos iguales, debemos procurar que nuestras amistades sean compatibles en gran medida, para evitar roces que lastimen. 

El tiempo lo cambia todo y es posible que quienes nos hirieron en el pasado hayan cambiado y no se atrevan a acercarse a nosotros por temor al rechazo. Si estas personas son familiares o amigos, debemos investigar sobre sus vidas y de ser necesario, tratar de comprenderlos. La comprensión es el conocimiento que nos permite sentir compasión y la compasión es un sentimiento que genera amor. 

Cuando perdonamos, nosotros somos los primeros beneficiados al quitarnos una carga terrible de encima, la carga del rencor. Pero si el rencor es más fuerte que nosotros y no podemos perdonar, perderemos una oportunidad de reconciliación que más tarde nos puede generar sentimientos de culpa y depresión. 

Al perdonar a otros, nos estamos perdonando a nosotros mismos y nos hace más humanos, porque el perdón ennoblece y concientiza de que todos, sin excepción, erramos. Si la actitud de alguien que tratamos, nos molesta, lo más lógico es enfrentar la situación y expresárselo de frente, sin necesidad de suspender la relación. 

Una vida sin odios ni rencores no solo reconforta, sino que nos da la paz espiritual. 

LA ENVIDIA 

La envidia es un sentimiento negativo que se origina al considerar que otros tienen bienes materiales o espirituales de los que el envidioso carece. 

El envidioso mira con inocultable rabia la riqueza y éxitos de los demás y, como no puede exteriorizar su frustración, demerita los logros de otros, llegando a veces hasta el extremo de la calumnia. 

La envidia es un sentimiento íntimo que no se suele confesar. Resulta vergonzoso al envidioso compulsivo, admitir que el bien de otros le corroe las entrañas a causa del profundo malestar interior que experimenta. 

Casi todo el mundo, en mayor o menor grado, ha sentido envidia alguna vez en su vida, pero es muy difícil que alguien lo reconozca, aunque hay envidias nobles, que no causan daño: “envidio tu profunda fe”, “envidio tu dedicación a los estudios”, “envidio tu talento para tocar el piano”. 

Pero la envidia que causa malestar y rabia porque otro tiene éxito, es reprochable. 

La soberbia y el egoísmo van íntimamente ligados a la envidia. 

Una persona soberbia no puede soportar que otra, a quien considera igual o inferior, sea más valorado en el trabajo o en el ámbito social, que tenga más éxito, que posea bienes materiales más costosos, o que tenga una linda pareja. 

La envidia es común en los niños, por lo tanto, es importante enseñarles que en el mundo es normal que unos tengan más que otros, para que no crezcan con esa pasión que les quita la felicidad. 

La envidia quita el sueño y nos impide disfrutar lo que tenemos. 

Hay multimillonarios que no pueden disfrutar la vida porque son esclavos de sus riquezas y carecen de la gran felicidad que nos depara la privacidad y dicha de gozar de las cosas bellas y sencillas de la vida. 

El envidioso no se percata de que no siempre es más feliz el que más posee, sino el que está conforme con lo que tiene. 

Vale repetir: El envidioso mira con inocultable rabia la riqueza y éxitos de los demás y, como no puede exteriorizar su frustración, demerita los logros de otros, llegando a veces hasta el extremo de la calumnia. 

LA SOBERBIA 

En la vida en comunidad y en las sociedades no hay nada que haga más daño que la soberbia o la prepotencia. Es un problema si ésta se manifiesta en espacios y círculos reducidos como la familia, pero se suma gravedad si se manifiesta en quienes está a su cargo la dirección de empresas o de altas instituciones del estado. Infortunadamente en nuestro país las manifestaciones de soberbia y prepotencia están a la orden del día. El ciudadano que frente a la autoridad, un agente del orden, a quien el ve como un inferior y le grita “Usted no sabe quién soy yo”, presenta una manifestación de soberbia y prepotencia, grave desde el punto de civilidad y comportamiento ciudadano. 

El alto directivo de una entidad estatal que ante la observación de un profesional considera que este no tiene el nivel ni la altura intelectual que el cree poseer y no solamente lo descalifica, sino que lo ridiculiza, es también una manifestación de soberbia y prepotencia, más grave aún, ya que se trata de una persona que está a cargo de los intereses y bienes públicos de la nación. 

Los psicólogos distinguen entre dos clases de orgullo. El auténtico orgullo surge cuando nos sentimos bien con nosotros mismos, seguros y productivos y nos relacionamos socialmente bien con rasgos tales como ser emocionalmente estables, agradable y concienzudos. Por el contrario, el orgullo presuntuoso tiende a implicar el egoísmo y la arrogancia y se manifiesta en características socialmente indeseables desagradables y agresivas. 

Según español Enrique Rojas, catedrático universitario en Madrid, la soberbia es el “concederse más méritos de los que uno tiene, excesiva idolatría, estimarse a sí mismo demasiado por encima de nuestro valor real. Suele ser origen de muchos males de la conducta y entre sus características encontramos la prepotencia, la presunción, y quizá, lo que resulta más chocante, situarse por encima de todos lo que le rodean”. 

Afirma el Dr. Rojas en uno de sus artículos relacionados con el tema que la soberbia es más intelectual cuando emerge en alguien que realmente tiene una cierta superioridad en algún plano destacado de la vida. Se trata de un ser humano que se ha destacado en alguna faceta y cuando la hacen una observación o lo sacan de quicio pide y exige un reconocimiento público de sus logros. Para la psiquiatría, esto es lo que se denomina una deformación de la percepción de la realidad de uno mismo por exceso. Ante la soberbia dejamos de ver nuestros propios defectos, quedando estos diluidos en nuestra imagen de personas superiores que no son capaces de ver nada a su altura, todo les queda pequeño. En la soberbia la persona tiene una enfermedad en el modo de estimarse a sí mismo. 

Quien realmente ha alcanzado altos niveles intelectuales y no presenta la enfermedad de la soberbia, vanidad y prepotencia, manifiesta su madurez en el razonamiento juicioso y la humildad. Una observación o una crítica es una oportunidad para reflexionar y debatir. El enfermo de soberbia, vanidad y prepotencia no lo puede hacer.
miércoles, febrero 07, 2018 |
Cheo al igual que su padre, abuelo y antepasados eran hombres de campo, sus manos curtidas del labrado de la tierra, de la que obtenían su sustento. Él sabía apenas leer y escribir, sin embargo, comprendía de maravilla el lenguaje de las nubes, de las aves, del viento, conocía el momento perfecto para sembrar, arar y esperar el fruto. Así pasaron los años, a veces una nube le quemó la cosecha, con ella las ilusiones. Otras la cosecha se perdía por el mal estado de la carretera, las pocas veces que lograban venderla, el intermediario le pagaba lo que le parecía era el precio justo y hasta tres o en cuatro cuotas se la realizaba. Muchas veces le tocó comenzar de nuevo. Cheo estaba molesto, se sentía burlado, como su padre, como su abuelo. Es que siempre fue así, es que es así, la vida es dura. 

Cuando apareció Rosa en escena, Cheo pasó a ser cabeza de familia, sobre sus hombros recaía una responsabilidad, durante las noches soñaba con algo mejor, su descendencia tendría el futuro que ellos le pudieran otorgar. Ambos querían algo mejor, no tan duro, no tan mal pagado, no tan mal valorado. Poco a poco en ambos comenzó a asomar una idea, irse del pueblo. Irse a la ciudad en donde todo es más fácil, al menos habrá escuelas de calidad, sus hijos podrían tener un mejor futuro, no trabajar tanto. Tendrían fines de semana libres. 

Llegó el día esperado, entre lágrimas e ilusiones, Cheo y Rosa se van para la capital, su equipaje eran tan solo unos costales con la poca ropa que poseían y un inmenso morral de esperanza. La ciudad los recibe en medio del bullicio, gente de un lado a otro. Un paisano les habló del barrio donde vive, allí alquilan una habitación, no tienen como acceder a una vivienda, así que éste les recomienda y ayuda a construir su rancho en una ladera. En un par de semanas Cheo trabaja en la misma empresa que su amigo, ambos obreros de la construcción, los fines de semana hacían horas extras, con ello se redondeaban un buen ingreso, de vez en cuando mandaba dinero a sus viejos y hermanos. Rosa empezó a trabajar en casas de familia, lo único que sabía hacer era limpiar pisos, lavar y planchar ropa. Eso fue posible hasta la llegada de Rafael y al poco tiempo Gerardo. Rosa había hecho cursos de costura, trabajaba para una fábrica y en sus ratos libres, arreglaba ropaa los vecinos. Con su trabajo ahorraban e iban en Navidades al pueblo a ver a la familia. 

Rafael desde niño le gustaban los camiones, a Gerardo los carros. Ambos iban a la escuela del barrio. Adolescentes, Rafel los fines de semana trabajaba como ayudante de un camión de refrescos y Gerardo ayudaba a limpiar un taller mecánico. Con los años Rafael aprendió a manejar, consiguió empleo en la empresa donde trabajaba su padre, manejaba un volteo, ganaba buen sueldo. Gerardo se hizo mecánico. Entre ambos le hicieron una buena casa a los viejos, en una zona en las afueras de la ciudad, allí Rafael tenía espacio para guardar su camión, en la ciudad los edificios y casas adosadas no tienen espacio para esos vehículos. 

Con los años cada uno de ellos estableció una familia, tenían para pagar un buen estudio a sus hijos. Al fin los Rangel pisaban una Universidad, los jóvenes fueron brillantes, ingeniero, abogado, médico y hasta una odontóloga. Eran el orgullo de los abuelos, Cheo y Rosa presumían de sus nietos en los reencuentros familiares que cada vez eran mas esporádicos. Había valido es esfuerzo y sacrificio, sus nietos vivían mucho mejor de lo que lo harían en su pueblo. 

En las reuniones de hijos, nietos y abuelos, no faltaban las historias del campo, los espantos, cuando se perdió el chivo, el día que llovió tanto afuera como dentro de casa por una gotera en el techo, cargar agua y leña para cocinar, aquellos recuerdos eran para reír, aquellas penurias habían quedado en el pasado. Sin embargo los nietos nunca conocieron el pueblo, las obligaciones los absorbían, sus amistades eran buenas, gente de prestigio y preparada. 

Cheo y Rosa, las últimas décadas ya no volvieron al pueblo, se habían distanciado luego del fallecimiento de sus padres y hermanos de parte de ambos, en el campo la vida es dura, no hay centros de salud, los viejos se mueren de mengua. Ir al pueblo en Navidad les resultaba triste, así trascurrieron un par de años hasta que Cheo y Rosa con cuatro años de diferencia uno del otro, cerraron sus ojos a la vida. Sus nietos fueron muy destacados en sus respectivas áreas, ni recordaban cual era el pueblo de los abuelos, solo sabían que era una aldea perdida entre las montañas. 

Cada uno estableció su familia en las mejores urbanizaciones de la ciudad, su vida era holgada, llena de comodidad y privilegios. Años mas tarde, Cheito el nieto de Rafael, fue en un paseo a las montañas, con un grupo que recogió ropa y calzados para donarlos a los niños pobres. Llegaron a una aldea abandonada, le llamó la atención lo hermoso y el sosiego. Allí la vida era mas tranquila que la ciudad, se sintió atraído, no dudó un segundo, compró un lote de tierra donde llevaría a cabo un gran proyecto turístico. 

Sin saberlo, Cheíto había comprado el lote de su bisabuelo, ese lote que habría sido de Cheo de haberse quedado en el pueblo. Rangel era su apellido, mas los que encontraba, no los reconocía como familia, él ni conocía sus orígenes. Cheito era un joven cosmopolita muy visionario en el mundo de los negocios, los otros Rangel eran gente buena, trabajadora del campo, muy humilde, en nada se parecían a él. Las vueltas que da la vida, Cheo el viejo, huyó del campo en busca de mejor vida. Cheito encontró fuera de la ciudad una mejor vida y mas tranquila.
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